por Ignacio de Villafañe
Un debate que ya hace tiempo fue olvidado es el de los conceptos. Causa o consecuencia de esta cultura postmoderna donde el sentido no se concilia con el significado, la batalla de las palabras hoy sufre de vacío y se desploma miembro a miembro entre los pasillos del gran discurso.
La palabra “democracia” representa casi nada. Del mismo modo en que la palabra “verdad” se desfigura cuando es usada dentro de mentiras, así, “democracia”, enflaquece y muta. “Democracia”, en fin, antes que un etimológico gobierno del pueblo es una alternativa; de un lado habrá violencia, conmoción, fuego y del otro democracia; es la opción que surge allí donde las armas ceden al desuso y no sólo las armas sino también el odio y, a raíz de este, el egoísmo.
En efecto el espíritu democrático no es posible si no se lo concibe en su forma absoluta y esto es: ausente de matices, aplicaciones prácticas y pensado, en cambio, como universal y de todos. No hay democracia auténtica allí donde se la ejerce al resguardo del miedo. No existe la democracia en las balas así como no existen las guerras democráticas y es así porque –sin importar cuánto se niegue– las democracias parciales son, en sí, siempre antidemocráticas.
Paralelismos posibles y argentinidad desnuda. Una fotografía del sietedé, otra de los manotazos contra la justicia para anular el ridículo, y el frescor del diálogo, jamás usado, destilado entre los balcones de Casa Rosada. Las luchas ficticias, el odio contra el amor… La Excelentísima dijo, luego de publicados los resultados de Venezuela, “el amor es más fuerte que el odio” - No en vano las imágenes-. Están entonces los dos países divididos, ficticios, ambos argentinos: la Conspiración del Mal y la República del Bien.
Queda cuestionar con inocencia cuál es, en definitiva, la verdadera democracia. Responderán a su tiempo los que no comprenden, los que creen ser los paladines de la Justicia Social y suponen que a Ella la detestan y al igual que detestan ver cómo los pobres dejan de ser pobres. Explícitamente: quienes responderán serán los mismos que acusan, con el aval su Excelencia, a los golpistas de ser golpistas, a los gorilas de ser gorilas y los clase media temerosos de ser desplazados por las conquistas sociales de los desposeídos de ser una clase media temerosa de ser desplazada por las conquistas sociales de los desposeídos; nada más estúpido, o al menos simple. Se verá después, más sensatamente, que la respuesta no habrá sido solamente estúpida sino también desacertada, no solamente prejuiciosa, discriminadora y clasista sino también poco indicada para contestar a la duda sobre la cuestión del pueblo. Si la democracia es la imposición por mayorías es lo que debería explicarse.
Hay una definición de “totalitarismo” en el diccionario de la Real Academia Española; dice que se trata de un “régimen político que ejerce fuerte intervención en todos los órdenes de la vida nacional, concentrando la totalidad de los poderes estatales en manos de un grupo o partido que no permite la actuación de otros partidos”.
Como ya se dijo: el espíritu democrático es absoluto. De igual manera el espíritu totalitario es asimismo absoluto. Luego no existen verdades sino interpretaciones: un asunto de grados, de más o menos esto, y más o menos aquello.
Las imágenes vuelven: un spot de la ley de medios apuntando contra Clarín -otra vez-, un elogio presidencial a la supuesta adicción a B. Obama por parte del New York Times –y un llamado, al pasar, a tomar el ejemplo de los “Estados Unidos de Norteamérica [sic]”-, la defensa necia de aquella mentira de que se puede comer por 6 (seis) pesos por día –pues aún defienden Ellos las cifras del Indec, el cual sostiene que bastan 180 (ciento ochenta) pesos al mes para abandonar la indigencia, como ignorando que ello implicaría poder alimentarse y contar con qué vestirse- y la envidia nostálgica al Perón del 46 plasmado en Miraflores en el cuerpo de Hugo Chávez junto a las Fuerzas Armadas vitoreándolo. Todo ello da pensar lo siguiente: hablan de progresismo, sí, pero con vocablos de retrógrados.
A los efectos de esta nota el sietedé es casi tangencial pero no habría de estar de más reflexionar mínimamente sobre el tema. De Clarín, el diario con tendencia amarillista desde siempre, poco se puede decir: sus ventas se explican por su estilo, su importancia por ser la que el aparato gubernamental decidió atribuirle. No sería tonto pretender averiguar por qué desde el Gobierno todavía se insiste en otorgar a una empresa una relevancia que jamás tuvo. Puede sospecharse que lo que Ellos ven es la posibilidad de hacer crecer una Nación luego de haber logrado el consenso universal y categórico – la suma confianza o el patriotismo total – y entonces se figuran a Clarín como el obstáculo gigante. Grandes Relatos; de eso tratan sus teorías. Una explicación burda –“metaburda”– de a lo que Lyotard se refería con el término es la comparación con la Cultura: a costa de una fuga rápida no se hablará de Gran Relato sino de Cultura. Lo que Ellos quieren –Él, Ella, Todos– es aplacar esa Cultura; controlar las voces es el medio y el fin, según su juicio, lo justifica. Quizá Feinmann escriba en un futuro ensayos conversados acerca del Gran Bonete -si le llegan los años y las luces suficientes-; a fin de cuentas es imposible saber qué esperar del peronismo, un espacio que ya es a un movimiento lo que un movimiento es a un partido.
Lo único más antidemocrático que desear la univocidad, es imponerla.
El debate –el de los conceptos que ya fue olvidado– quedó reemplazado por expresiones vacuas como “cincuenta y cuatro por ciento”. A expensas de ellas se valida lo que sea al igual que en la falacia que propone que todo está bien en tanto sea legal. Perder el significado es perder lo importante. Una democracia como conjunto de letras es idéntica a nada. Así mismo hablar de totalitarismo sería un exabrupto sino no se aclarase algo acerca de la posibilidad de entenderlo según grados. En resumen: su representación es relativa, y hay un medio entre ambos puntos y medios entre cada medio. Por eso, y sólo por eso, no hay que ser apresurados al momento de interpretar qué nos dicen cuando dicen que “este es un gobierno democrático”.
En efecto el espíritu democrático no es posible si no se lo concibe en su forma absoluta y esto es: ausente de matices, aplicaciones prácticas y pensado, en cambio, como universal y de todos. No hay democracia auténtica allí donde se la ejerce al resguardo del miedo. No existe la democracia en las balas así como no existen las guerras democráticas y es así porque –sin importar cuánto se niegue– las democracias parciales son, en sí, siempre antidemocráticas.
Paralelismos posibles y argentinidad desnuda. Una fotografía del sietedé, otra de los manotazos contra la justicia para anular el ridículo, y el frescor del diálogo, jamás usado, destilado entre los balcones de Casa Rosada. Las luchas ficticias, el odio contra el amor… La Excelentísima dijo, luego de publicados los resultados de Venezuela, “el amor es más fuerte que el odio” - No en vano las imágenes-. Están entonces los dos países divididos, ficticios, ambos argentinos: la Conspiración del Mal y la República del Bien.
Queda cuestionar con inocencia cuál es, en definitiva, la verdadera democracia. Responderán a su tiempo los que no comprenden, los que creen ser los paladines de la Justicia Social y suponen que a Ella la detestan y al igual que detestan ver cómo los pobres dejan de ser pobres. Explícitamente: quienes responderán serán los mismos que acusan, con el aval su Excelencia, a los golpistas de ser golpistas, a los gorilas de ser gorilas y los clase media temerosos de ser desplazados por las conquistas sociales de los desposeídos de ser una clase media temerosa de ser desplazada por las conquistas sociales de los desposeídos; nada más estúpido, o al menos simple. Se verá después, más sensatamente, que la respuesta no habrá sido solamente estúpida sino también desacertada, no solamente prejuiciosa, discriminadora y clasista sino también poco indicada para contestar a la duda sobre la cuestión del pueblo. Si la democracia es la imposición por mayorías es lo que debería explicarse.
Hay una definición de “totalitarismo” en el diccionario de la Real Academia Española; dice que se trata de un “régimen político que ejerce fuerte intervención en todos los órdenes de la vida nacional, concentrando la totalidad de los poderes estatales en manos de un grupo o partido que no permite la actuación de otros partidos”.
Como ya se dijo: el espíritu democrático es absoluto. De igual manera el espíritu totalitario es asimismo absoluto. Luego no existen verdades sino interpretaciones: un asunto de grados, de más o menos esto, y más o menos aquello.
Las imágenes vuelven: un spot de la ley de medios apuntando contra Clarín -otra vez-, un elogio presidencial a la supuesta adicción a B. Obama por parte del New York Times –y un llamado, al pasar, a tomar el ejemplo de los “Estados Unidos de Norteamérica [sic]”-, la defensa necia de aquella mentira de que se puede comer por 6 (seis) pesos por día –pues aún defienden Ellos las cifras del Indec, el cual sostiene que bastan 180 (ciento ochenta) pesos al mes para abandonar la indigencia, como ignorando que ello implicaría poder alimentarse y contar con qué vestirse- y la envidia nostálgica al Perón del 46 plasmado en Miraflores en el cuerpo de Hugo Chávez junto a las Fuerzas Armadas vitoreándolo. Todo ello da pensar lo siguiente: hablan de progresismo, sí, pero con vocablos de retrógrados.
A los efectos de esta nota el sietedé es casi tangencial pero no habría de estar de más reflexionar mínimamente sobre el tema. De Clarín, el diario con tendencia amarillista desde siempre, poco se puede decir: sus ventas se explican por su estilo, su importancia por ser la que el aparato gubernamental decidió atribuirle. No sería tonto pretender averiguar por qué desde el Gobierno todavía se insiste en otorgar a una empresa una relevancia que jamás tuvo. Puede sospecharse que lo que Ellos ven es la posibilidad de hacer crecer una Nación luego de haber logrado el consenso universal y categórico – la suma confianza o el patriotismo total – y entonces se figuran a Clarín como el obstáculo gigante. Grandes Relatos; de eso tratan sus teorías. Una explicación burda –“metaburda”– de a lo que Lyotard se refería con el término es la comparación con la Cultura: a costa de una fuga rápida no se hablará de Gran Relato sino de Cultura. Lo que Ellos quieren –Él, Ella, Todos– es aplacar esa Cultura; controlar las voces es el medio y el fin, según su juicio, lo justifica. Quizá Feinmann escriba en un futuro ensayos conversados acerca del Gran Bonete -si le llegan los años y las luces suficientes-; a fin de cuentas es imposible saber qué esperar del peronismo, un espacio que ya es a un movimiento lo que un movimiento es a un partido.
Lo único más antidemocrático que desear la univocidad, es imponerla.
El debate –el de los conceptos que ya fue olvidado– quedó reemplazado por expresiones vacuas como “cincuenta y cuatro por ciento”. A expensas de ellas se valida lo que sea al igual que en la falacia que propone que todo está bien en tanto sea legal. Perder el significado es perder lo importante. Una democracia como conjunto de letras es idéntica a nada. Así mismo hablar de totalitarismo sería un exabrupto sino no se aclarase algo acerca de la posibilidad de entenderlo según grados. En resumen: su representación es relativa, y hay un medio entre ambos puntos y medios entre cada medio. Por eso, y sólo por eso, no hay que ser apresurados al momento de interpretar qué nos dicen cuando dicen que “este es un gobierno democrático”.
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