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Las otras intenciones


por Ignacio de Vilalfañe

     Que no vengan estos salames a darme clases de democracia. A decirme que en Venezuela ganó el pueblo y que el cincuenta y cuatro por ciento es acá el producto de la voluntad de las masas. Que ni siquiera intenten venderme como verdaderos esos cuentos baratos sobre la legitimidad de nuestro gobierno. Más aún: piénsenlo bien dos veces antes de asegurarme que realmente somos nosotros los que elegimos a nuestro gobierno. Como si para colmo de males hiciera falta que un montón de trajeados con aires de líderes populares me vengan a tomar por pelotudo. Como si no supiera bien lo que son capaces de hacer para ganar unas elecciones. Como si existiera fin alguno capaz de justificar semejantes medios.

     Y no necesito el fallo de un juez para estar seguro de saber lo que ya se. Ni tampoco las confesiones de un Larroque o un Fernández para dejarme tranquilo ¡Como si ahora hiciera falta una carta documento, firmada por Presidencia, para poder certificar que en el Norte se lleva al pueblo olvidado durante el resto del año a votar como ganado! ¿¡O es que alguien necesita ver otra cámara oculta filmando a los colectivos y las traffics, con el puntero en la puerta, entregando las boletas y cantando sus promesas de dinero!? ¿Y entonces van a pretender dar cátedra sobre democracia? Si demócratas fueran creerían en el pueblo y si en el pueblo creyeran no lo andarían convenciendo a costa de caramelos, tratándolos como pelmazos o ignorantes de poca monta.

     Es que yo mismo vi el fraude por todas partes. A kirchneristas haciendo cola para votar en las internas radicales. A los políticos yendo a las escuelas para ofrecer cincuenta pesos a contraprestación de un voto. Por eso es que cuando Filmus sale a decir en Tiempo Argentino que el triunfo de Maduro significa la confirmación del apoyo del pueblo al difunto comandante se me hierve la sangre. Por eso cuando los escucho hablar de amor - «este es un gobierno de amor» - me dan ganas de meterles, con cariño, sus globos de corazón en el medio del orto ¡A mi que no me vengan a vender espejitos de colores! Ya bastante tuvimos con los viejos españoles como para que ahora lleguen estos a reinstalar el discurso de que las democracias justas se forjan con el número y la fuerza ¿O no es así? ¿O alguien cree que los indios hubieran tenido mayoría suficiente como para impedirle a un Congreso que Roca los desterrase del Desierto? Entonces no me vengan con democracias berretas. Esas democracias de cuarta guárdensela a los imbéciles - quizás ellos se las crean y hasta vayan a aplaudirlos, quizás, en Plaza de Mayo.

     ¿Entonces, después de todo, tengo que morfarme el título, sin quiera masticarlo, que le ponen a su intento de "democratizar la Justicia"? Yo me pregunto además si es que existe una esencia, algún carácter común en las personas o si bien cualquier idiota es, por cuestiones del azar, susceptible a tragarse esos chistes para bobos. Ladrones de guante blanco hablándonos de Justicia. Millonarios y opulentos hablándonos de Justicia. Opresores imperiófilos hablándonos de Justicia. Corruptores de las leyes, vanidosos del poder y mentirosos de oficio hablándonos de Justicia. Como si con tomarnos por bebés de pecho no les bastase: nos pretenden embaucar además con leche de teta agria.

     Y viene el 18A - o #18A, o «Dieciocho A» - y nadie tiene idea de qué quiere decir eso. Es decir: se tiene mucha idea pero para el discurso oficial nadie tiene idea, o nadie marcha, o ¿hay una marcha?. Para el oficialismo el 18A no existe porque las calles y las marchas son propiedad del pueblo y nadie que no este con ellos puede ser pueblo. No hay posibilidad de que hayan minorías reclamando ser escuchadas como tales. Las minorías tampoco existen. Salir a copar las avenidas para luchar por la Justicia, para que noquede subordinada a las eventualidades de las coyunturas políticas, es cosa de caceroludos. La tolerancia así se construye.

     De modo que ya basta con tantas palabras flacas; con tanto fútbol-cortina de los Spots Para Todos. Ni se les ocurra asomarse a mi puerta para venderme esa concepción tergiversada con la que bastardean a la Democracia. A mi que no me vendan democracias. A mi que me las muestren. Que vayan ellos mismos a los Hospitales Públicos a hacerse atender; que vayan y entonces quizá después crea que la justicia social existe. Que manden a sus hijos a las Escuelas Públicas para hacerlos aprender; que los manden  y entonces quizá crea que la inversión en educación se hizo. Que cobren ellos mismos lo que cobra un profesor, lo que cobra un enfermero, un policía o cualquier trabajador y quizá, siendo así, me convenzan de que la igualdad en verdad existe. Mientras tanto no me vengan con eso del «amor» y la «memoria»; a mi las palabras lindas, así solas, no me sirven.

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