por Ignacio de Villafañe
Si hay algo
que las marchas del 13 de Septiembre pudieron revelar, ese algo fue la
importancia del rol que la incomprensión juega en el imaginario K. Aún más,
porque sobrepasando aquel imaginario fue el mismo marco teórico oficial el que quedó desnudo junto con
sus ideas forzadamente proyectadas contra algo que su propio discurso no
alcanzó a descifrar. Para ellos no solo bastó con considerar a las protestas de
Córdoba, Bariloche, Rosario, Paraná, Misiones, Mendoza, etc. como salidas –
curiosamente acorde a su visión unitaria
de la Nación – de Santa Fe y Callao o, a lo sumo, de Plaza de Mayo.
Al parecer lo
que saltó a la luz fue el conjunto de parámetros objetivos con los que medir a
un kirchnerista promedio – si pudiera decirse que tal promedio existe y si pudiera
explicarse, a la vez, tan fácilmente – o bien las dimensiones ciertas del muro
que impide consolidar la realidad percibida por los seguidores del Modelo con
aquella otra vista por el miserable neogorilaje
cuarentayseisporcentista.
Podría decirse que el kirchnerista promedio
verdaderamente cree encabezar un movimiento progresista nacional y de izquierda
y que el saber que sus líderes viven lo más alejados de la izquierda posible - compartiendo
cafés en Puerto Madero, paseándose entre sus casas y departamentos, anunciando
la pesificación de ahorros que aún conservan en dólares, viajando alrededor de
toda Europa y Miami y Nueva York – no les basta para adoptar la tesis de la
hipocresía como una mentira y de la mentira como algo peligroso. A ninguno
pareció moverle jamás un pelo que la mismísima hija de la Presidente, Florencia
Kirchner, aquella que le entregó durante su asunción ultrapersonalista el cetro – más que bastón – de mando, haya
estudiado Cine en Nueva York; o que luego de las estupideces dichas por Abal
Medina - que ahora parece querer competir con el embonetado de Aníbal Fernández
-, el archikirchnerista intendente de Florencio Varela, Julio Pereyra, haya
planificado un viaje a Disney, junto con su hijito, con escala en Miami y
pasajes aéreos en clase ejecutiva. Evidentemente el mundo simbólico de esta
versión del peronismo prostituto se carga cada vez más de sentido pero a costa
de vaciarse de denotaciones.
El
kirchnerista promedio además ve, en todo aquel que no piense como él, un
ejemplo de egoísmo, soberbia y odio. Creen, en el fondo, ser soldadillos
colectivos impulsando la Liberación de la Patria. Sueñan con rescribir el himno
y tejer la historia de modo que surja de ella un nuevo San Martín y un nuevo
Bolívar, refundados y armados contra los grandes demonios opresores, (los
mismos con los que transan): Obama, Isabel II, Merkel y Sarkozy.
Su visión simplista les hizo creer que la
totalidad de los que marcharon el 13 de Septiembre sólo tenían en mente sus
vacaciones en Buzios. Para ellos no había en Buenos Aires frecuentadores de Mar
del Plata, o aquí en Mendoza socios de la V Región chilena. Para ellos no había
hijos de docentes, de médicos, de policías, de carniceros. Todos, a su
entender, eran grandes patrones, evasores fiscales y maestros del empleo informal.
Yo mismo soy hijo de profesores de nivel secundario, yo mismo viaje una única
vez en mi vida a al exterior (para conocer Chile) y yo mismo fui contratado
informalmente por jefes kirchneristas; pero no es cuestión de entrar en asuntos
demasiado personales.
Lo cierto es
que no hay forma de encuadrar a los hechos ocurridos dentro de la arcaica
visión sociológica de las clases. Quien quiera intentarlo puede hacerlo, pero
fracasará y correrá el riesgo de quedar como un estúpido. Sí se puede, en
cambio, jugar con la dialéctica que implica y analizar la concepción que de
esta se tiene a cada lado del muro. El kirchnerista promedio ve con asco a la
clase media como si la clase en sí pudiera tener la propiedad de asquear;
olvidan que tales clases son categorías relativas, y que donde no hay estratos
bajos sin la existencia de los altos, el medio es lo deseable. Descartan
también, demasiado apriorísticamente, la posibilidad de estudiar su democrático
cincuenta y cuatro por ciento y de ver en este la impresión de la nefasta media clase; no aprovechan el
gran manejo que poseen de la óptica maniquea para desmenuzar en la teoría lo
que sucedió en la experiencia: si la marcha opositora estuvo compuesta en su
gran mayoría por “bien vestidos”, sin dejar de haber por ello numerosos “bien vestidos”
ubicados entre las líneas K, quizá sea acertado dividir entonces a esa clase media – bien vestida en dos: por
un lado la fracción minoritaria del cuarenta y seis, harta de la corrupción, la
injusticia, la pobreza sistemática, las grandes fallas del sistema educativo,
la pésima planificación pública y la utilización política de los sectores
sociales cada vez más vulnerables, lo necesariamente conciente y ciudadana como
para autoconvocarse y hacerse responsable; por el otro la fracción común del
cincuenta y cuatro, lo suficientemente cómoda y satisfecha con las posibles
vacaciones que sí tendrán, lo suficientemente egoísta como para no preocuparse
por los demás, y lo suficientemente poco argentina como para votar por votar,
decir “más vale malo conocido…” y conformarse con lo que, a fin de cuentas, ya
está, y no preocuparse demasiado por las mentiras y la corrupción en tanto no
la molesten, ni poner el grito en el cielo a causa de la corrosiva inflación
siempre y cuando sí le aumenten a ella su salario – medio y jugoso, pero poco
popular. Quizá sea hora de pensar de qué lado se está; de qué lado la
vanguardia progresista y de cuál otro la desidia viral.
Retomando: si
hay algo que las marchas del 13 de Septiembre pudieron revelar, ese algo fue la
importancia de pensar distinto, y lo necesario que es pensar.
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